Alice Munro y su yo valiente
La escritora canadiense fue una diosa de la construcción de mundos en pocas páginas y su obra elevó al cuento a la dimensión superior en la que nunca se le sitúa
Hay algo definitivo, apasionante, poderosísimo, en aquello que te convierte en escritor. Es algo imperceptible para el resto, pero tan revelador para ti que es como si alumbrara a otro yo. Un yo que hasta el momento había permanecido a la espera, un alguien que eras tú y a la vez no lo eras, un otro, el yo valiente, decidido a tomar el mando para reescribir lo que ve y no le gusta. Alice Munro, fallecida este lunes a los 92 años, no fue a recoger su Premio Nobel. Ese Nobel que elevó el cuento —o la novela en miniatura: Munro fue una diosa de la construcción de mundos en pocas, las justas, páginas— al lugar que merece, la dimensión superior en la que nunca se le sitúa, y permitió que se rescatase a autoras, genias, que no habían sido apreciadas en su fabulosa medida en su momento —como Lucia Berlin, como Grace Paley, como Amy Hempel, como Edith Pearlman— y abrió puertas a las que vendrían después —desde Samanta Schweblin hasta Anna Starobinets: de repente el cuento importaba, y por una vez, el cuento escrito por una mujer también—.
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