Campamentos de cartón: historia de un fracaso social
A muchos les dan miedo las personas sin hogar desde la otredad. A mí me lo dan desde la empatía. Porque solo hay un puñado de malas elecciones que nos separan de una vida en la calle
En mi barrio hay unos soportales que los días de lluvia se convertían en refugio por donde transitar seco y tranquilo. Conjugo en pasado porque desde hace meses están colonizados por casuchas efímeras que impiden el paso. Todo empezó con un colchón y unos cartones de Ikea. Parecía una caja de cerillas mullida y gigante, solo que dentro, en lugar de cerillas, había un señor. Después apareció otra caja de señores y una tercera. Al poco tiempo se fueron sumando cartones más verticales, construcciones más complejas, reforzadas con lonas y cuerdas. Poco a poco aquello empezó a parecer una ciudad en miniatura, un ruinoso Skyline patrocinado por Ikea, Sklum o Amazon. Veo ese castillo de embalajes y no puedo evitar pensar en el lobo de Los tres cerditos, son refugios al borde del derrumbe, podrían venirse abajo si uno suspira con la tristeza suficiente.
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