Del luto al alivio y todo al rojo
En una semana donde oímos a tantos personajes públicos decir estupideces sin ponerse colorados, el héroe de la Roja tenía que ser un español llamado Lamine Yamal
Hace hoy 22 días, a las tres de la mañana, estaba delante del Carlos Tartiere. Habíamos perdido la final del playoff contra el Espanyol y regado la pena con sidrina así que, tras hacer bulto en la plaza de la catedral de Oviedo, donde una orquesta despistada daba un concierto íntimo sin entender que la ciudad estaba de luto, decidimos ir a recibir al equipo al estadio. Éramos tres —uno con camiseta de Onopko, para que sitúen la quinta—, y el plan maestro consistía en darle unos mimos al equipo y sobre todo, hablar con el entrenador, Luis Carrión. Pensaba que estaríamos prácticamente solos y que habría oportunidad de un tête à tête con el míster para convencerlo de que se quedara. Bajando la rampa iba preparando mi discurso motivador para dejársela botando al Grupo Pachuca y que al día siguiente solo tuvieran que rematar el acuerdo con los detalles más prosaicos del dinero. Cuando llegamos, aquello estaba abarrotado de chavales que podían ser nuestros hijos. Bajó el autobús por fin con los jugadores, procedente del aeropuerto, y unas 400 personas les cantamos Volveremos. Ahí ya se me cayeron las lágrimas que no salieron cuando el árbitro pitó el final, ni siquiera cuando llamé a mi padre para informarle de que seguíamos en Segunda —él se pone muy nervioso y no ve los partidos hasta que yo se los cuento—. El caso es que, con el jaleo, no hubo ocasión de charlar con el entrenador, que, al terminar el partido había prometido: “Trataremos de pasar el duelo juntos y de levantarnos juntos, que es lo que toca”.
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