Dios está al final de una escalera de color
Durante un tiempo anduve metido en ese laberinto que me permitió descubrir lo más extraño y paradójico que uno lleva dentro cuando se enfrenta a los naipes duros: los pliegues del alma humana
Cuando en el año 1977 se legalizó oficialmente el juego de azar en España y comenzaron a construirse varios casinos, en Madrid seguían funcionando timbas en garitos clandestinos donde se jugaba al póquer y al bacarrá a un nivel en que los millones iban alegremente de acá para allá al margen de la ley. Durante un tiempo anduve metido en ese laberinto que me permitió descubrir lo más extraño y paradójico que uno lleva dentro cuando se enfrenta a los naipes duros, un conocimiento que podía costar más caro que estudiar en Harvard, aunque tal vez era más instructivo a la hora de conocer los pliegues del alma humana. Estos garitos solían estar situados en un chalet de alguna colonia de lujo rodeado de un gran jardín para que el trasiego de coches hasta altas horas de la madrugada no alarmara a los vecinos. Por supuesto, la brigada de policía encargada del juego sabía con pelos y señales lo que sucedía en esos antros. Dejaba hacer, presuntamente bajo los efectos de la coima correspondiente, pero a veces irrumpía en medio de la partida al grito de “¡¡Quietos, dejen todas las fichas sobre la mesa!!”. Quedaba todo con el cierre y una multa, pero al día siguiente a los puntos se les hacía saber la dirección de la nueva timba que comenzaba a funcionar en otro lugar.
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