Dónde nacen los regates
La gambeta es como un animal prodigioso que necesita unas condiciones específicas. El problema está en el uso del espacio público y en las ciudades las calles no son de los niños
Escribo esto en la terraza del único bar de mi pueblo, mientras tomo un refresco y veo a mi hijo jugar él sólo en la cancha de futbito. El sol se retira lentamente y la brisa al fin empieza a correr. No puedo unirme al juego, pues mi tobillo derecho aún no se ha recuperado de una rotura reciente, así que observo. Él tiene 10 años, lleva la camiseta del Athletic y mata el tiempo dándole al larguero y haciendo malabares mientras espera que llegue algún amigo. De vez en cuando me lanza una mirada, buscando gestos de aprobación. Yo le sonrío, levanto el pulgar. A ratos escribo. En un momento dado, reclama mi atención: ¡¿Has visto eso?! Levanto la vista. Niego. ¡Atento, a ver si me sale! ¡Voy, eh! Y, al tiempo que lo hace, intenta explicarme, con sus palabras, un truco para levantar la pelota de forma espectacular: arrastra el balón con la suela derecha, lo engancha con la puntera izquierda, lo levanta con la derecha, lanzándolo vertical por encima de la cabeza, y lo atrapa con una bajadita que desborda clase. Le sale bien. Muy bien. Me mira, brazos en jarra y balón pisado, esperando mi veredicto. ¡Buenísimo, mis dieses!, exclamo, y le pregunto quién se lo enseñó. YouTube, responde, con el tono con el que se comenta una obviedad, lo vi ahí.
¿Cuál es tu reacción?









