El oso asesino en serie y el puma sospechoso habitual: aventuras entre la fauna fuera de la ley
El libro ‘Crímenes animales’, de Mary Roach, debate qué hacer cuando la naturaleza comete delitos que son punibles entre los humanos
Durante mucho tiempo los animales que infringían las leyes destinadas a los humanos han sido tratados como si fueran seres pensantes. En la Edad Media se juzgaba (a veces incluso con abogados) y ejecutaba a lobos, cerdos, vacas y hasta ratas que habían matado o mutilado a personas. Se suele citar el caso de la cerda de Falaise que en 1386, después de comerse parte de un niño, fue condenada a muerte, entregada al verdugo y, tras vestirla con camisa y pantalones y colocarle una máscara, ahorcada. En parecida lógica, el obispo de Troyes exorcizó en 1516 una plaga de langostas. En realidad no hay que irse tan lejos para encontrar la ejecución de un animal como si fuera un ser humano: en 1903 se electrocutó públicamente en Coney Island (Estados Unidos), en un ambiente digno de La milla verde, a la elefanta de circo Topsy por haber matado a tres personas, incluido su domador, que trató de obligarla a beber whisky; y en 1916 otra paquiderma que mató a su cuidador, conocida como Murderous Mary, la asesina Mary, fue ahorcada con ayuda de una grúa en Tennessee. Hoy en día se sigue eliminando habitualmente a animales salvajes que han matado a seres humanos o se han convertido en una amenaza para ellos. En la lista de ajusticiados hay osos, elefantes y grandes felinos, entre otros. También se los condena a prisión: incluso en cárceles humanas como se hizo con la osa Katya en Kazajistán.
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