En busca de sexo anónimo e instantáneo: viaje al templo del ‘cruising’ en Madrid
Un centenar de hombres gais acude cada día a la Casa de Campo para mantener relaciones sexuales a pesar de los robos, palizas y enfermedades a las que se exponen

Los últimos destellos de sol doran las copas de los árboles de la Casa de Campo, los rabos de los conejos rebotan entre los setos como pelusas de algodón antes de desaparecer en las madrigueras. De fondo, el soliloquio de los pájaros y el silbido del tren invitan a cerrar los ojos y a respirar profundo en actitud contemplativa. En este idílico paraíso, unos 20 hombres deambulan por separado en búsqueda de más hombres. Parecen espectros que salen de los árboles y vuelven a perderse en la vegetación. Todos vienen a lo mismo: cruising, una práctica que moviliza a un centenar de gais diariamente hasta el pulmón verde de la ciudad para practicar sexo anónimo y ocasional. Estudiantes, trabajadores, desempleados, pensionistas, solteros, casados, jóvenes o con nietos buscan en los recovecos del bosque a algún amante efímero. El placer se encuentra fácil y el sexo es inminente, aunque los peligros merodean. Robos, palizas y enfermedades de transmisión sexual son algunos de los riesgos que han narrado a EL PAÍS estos discípulos del cruising durante los días en que este periódico ha hurgado en la meca del sexo instantáneo al aire libre en Madrid.
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