‘En la muerte de Francisco Rico’, por Eduardo Mendoza
Nuestros encuentros tenían poco de académico: comer, beber, comentar la actualidad, criticar al prójimo y contar chistes
Nada más triste que escribir el epitafio de un amigo. Hace muchos años que lo éramos y durante varias décadas nos hemos ido viendo con una frecuencia que solo empezó a menguar cuando la edad decidió que el principal obstáculo para hacer algo fuéramos nosotros mismos. Nuestros encuentros tenían poco de académico: comer, beber, comentar la actualidad, criticar al prójimo y contar chistes. Cuando a regañadientes y con la máxima displicencia tenía que dejar su refugio de Sant Cugat y bajar a Barcelona, si no comíamos juntos, venía luego a casa a echarse una siesta.
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