Israel Galván, la ironía como un arma stravinskiana
El bailaor presenta en Madrid su particular visión de ‘La consagración de la primavera’
Alrededor de la personalidad escénica, el baile y el estilo de Israel Galván (Sevilla, 1973) hay demasiada palabrería que se cree docta y enterada. Ni lo uno ni lo otro. Tampoco es que Galván naciera en un lejano Catay: ¡es sevillano! Y las apariencias crípticas con sus salidas de pata de banco y su estupor casi caricaturesco en su manera de expresarse no son otra cosa que un potente escudo o entelequia defensiva: un teatro lleno es un ejército enemigo. Esto lo sabe y lo sufre. Hoy, en 2024, Galván es un artista maduro y que puede permitirse experimentos que quizás ya no lo son tanto. ¿Se repite Israel Galván? En ciertos aspectos, sí. Esto es inevitable si el entarimado es un laboratorio donde está el bailarín-bailaor-coreógrafo, buscando un estilo y una voz propios. Nótese que el promedio de edad de su fiel público roza la cincuentena; es también su edad. Lo que fue rompedor cuando empezaba, hoy conserva otros valores, pero ya no son elementos de rompe y rasga. La supuesta provocación pasa a ser referencial.
Ficha técnica
La consagración de la primavera: Coreografía y baile: Israel Galván; música: Igor Stravinski, D. Scarlatti y F. Rsewski; pianistas: Daria van del Bercken y Gerard Bouwhuis; luces: Benito Jiménez y Valentín Donaire; vestuario: Micol Notarianni. Conde Duque, Madrid. Hasta el 8 de junio.
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