La Gran Vía no tiene vecinos
De los 78 números de Gran Vía, solo uno tiene uso residencial. El resto de bloques llevan años dedicados a la actividad hotelera, también al alquiler turístico, que asfixia a quienes mantienen su residencia en la calle más transitada de la capital

Lo observa, detrás de un cristal casi opaco, con un ojo enfermo, y, antes de que se cierre la puerta del portal Juan Antonio sabe que ese tampoco será un vecino. “¿Ves por qué te digo que no me gusta mi calle? Este francés, por ejemplo, ¿quién es?”, se pregunta. “¿A dónde irá?, ¿al abogado?, ¿al psicólogo?, ¿al prostíbulo del último piso o a echarse una siesta en el Airbnb?”, incide. El hombre, de 78 años, se expresa en la penumbra del hall de entrada a su bloque, en la acera de los impares de la calle Gran Vía, cerca del final en Plaza España. Junto a su mujer, Valeria Sánchez, de su misma edad, Juan Antonio pasa lista a la retahíla de turistas que entran y salen del edificio, a los que ya ni saludan, mientras intentan entender algo de lo que dicen. “Como ves, esto ya no está pensado para vivir”, afirman.
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