La importancia de estar tumbado
Siglos de ‘progreso’ organizativo y científico-técnico y al final, como se demuestra en verano, lo que nos gusta de verdad es trabajar poco y tumbarnos al sol, como ya hacían los cazadores-recolectores
Me gusta estar tumbado. Y soy muy bueno en ello: de todas las personas que conozco, soy la que mejor me tumbo. Me dice Liliana que me tumbo con tanto poderío y determinación que parece que me han arrojado de un helicóptero. Hace unos años, cuando era freelance, me compré un iPad para trabajar tumbado. Ya fuera en el sofá o en la cama, tecleé cientos de artículos en posición horizontal, y salían más equilibrados, hasta que me empezó a doler la espalda. Tumbarse no solo es un placer, sino una paradoja: por un lado, nos dejamos vencer por el influjo de la gravedad, nos dejamos ir amablemente, abandonamos la batalla. Pero, por otro, nos rebelamos contra la bipedestación, ese momento en el que un homínido fatal se puso sobre dos pies y, probablemente, comenzaron todos nuestros problemas. Aceptación, rebelión, así es la tumbación.
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