La Tate Modern de Londres consagra el arte feminista y revolucionario de Tracey Emin
Superviviente de un cáncer agresivo, la artista charla con EL PAÍS y otros medios sobre sexo, violaciones, abortos y racismo en el Reino Unido
Tracey Emin (Londres, 62 años) solo quiso ser dos cosas desde que era niña: bailarina o artista. A los trece años dejó el colegio y comenzó a tener sexo salvaje, promiscuo y alocado con muchos hombres, la mayoría de ellos ya en la veintena. A los quince, se apuntó a un concurso de baile en una discoteca de Margate, la localidad costera del sureste de Inglaterra donde se mudó con sus padres a muy temprana edad. En el centro de la pista, inmersa en sus propios movimientos e hipnotizada por su cadencia como un derviche danzante, soñó con la gloria. Lo que oyó a su alrededor, sin embargo, fue crueldad: “Puta, puta, puta”, gritaban desde fuera de la pista. Muchos eran los mismos con los que se había acostado.
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