Los tornillos perdidos
Cuando los tornillos se caen, la realidad se tambalea y el mundo parece precipitarse hacia el colapso
Los tornillos son cachivaches invisibles que sostienen el mundo. Sujetan las cosas, las juntan y les dan forma. Son como la fuerza electromagnética, que mantiene unidos a los átomos. Nadie piensa demasiado en la fuerza electromagnética, pero sin ella el universo se desparramaría, volátil y gaseoso. Sería una movida. Pasa lo mismo con los tornillos: los aprietas una vez y constatas que la vida tiembla un poco menos. Y pasan a un segundo plano, pero están ahí, como una fuerza de gravedad caprichosa. Te despiertas en una cama ensamblada con tornillos, te sientas en una silla que, sin ellos, sería un amasijo de tubos y planchas de madera. Los tornillos dan sentido a las cosas. Hacen que un montón de piezas extrañas se conviertan en un coche, en un teléfono o en un reloj. Hay incluso personas armadas con tornillos; los llevan en la cadera o en el fémur, como un pegamento secreto. Luego llegan el paso del tiempo y sus temblores, los años que todo lo oxidan, y acaban comiéndose los tornillos. Entonces, la realidad se tambalea y el mundo parece precipitarse hacia el colapso.
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