Lunin o el ejercicio de resiliencia del tercer portero
En mitad del desierto de no jugar ni un minuto, el guardameta suplente aprende una cosa muy valiosa: esforzarse solo para sí mismo, no esperar nada a cambio
La conversación era una conversación de fe. “Recuerda: penitencia, unción de enfermos y matrimonio”, dice uno. “Y al acabar: por el padre, el hijo y el espíritu santo. Yo creo que lo tenemos, ¿no?”, responde el otro. La pareja, dos adolescentes de no más de 15 años, repasa sentada en el autobús 55 con dirección a Atocha la lección que tendrá que replicar por la tarde en la iglesia. Uniformados, con un chándal azul y las mochilas de un equipo de fútbol amateur, ambos cambian radicalmente de tercio una vez dan por sabido a Dios. “Y el partido, ¿cómo lo ves?”, comenta el más alto. “Ya sabes, soy el tercer portero. No juego”, dice el pequeño. “Tú no creas eso, aunque te lo digan”, le aconseja su compañero poco antes de bajarse del bus.
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