Mis planes para improvisar
Cada vez veo a más gente que luce su estrés como una favorecedora chaqueta nueva, que agenda hasta las horas muertas
¿A dónde van las horas muertas cuando crecemos? Quizá se mueren de verdad, se extinguen como una especie protegida. Tengo la sensación de que al ganar años perdemos horas. Se nos acumula el pasado mientras el presente mengua y adelgaza hasta quedarse en los huesos de las obligaciones. Las tardes de mi adolescencia parecían eternas, los fines de semana, un carrusel de planes, amigos y eventos. Ahora el escaso tiempo libre que tengo se me va en gestionar la vida. Ser un adulto funcional implica una serie de trámites burocráticos ciertamente agotadores. Hay que trabajar, hacer la compra, limpiar la casa, arreglar la cisterna, hacer la declaración de la renta... He llegado a un punto en la vida en el que no hay tiempo que perder, en un sentido cruelmente literal.
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