Un vandalismo generoso
Hay personas valientes capaces de saltarse las normas sin más armas que la razón y la decencia

Hay temas que dividen a la sociedad en dos. La tortilla, con cebolla o sin cebolla. La ducha, por la mañana o por la tarde. Estaba la televisión pública madrileña tratando estos apasionantes debates (según sus audiencias, interesan aproximadamente a un 0% de la población) cuando cuatro profesores de un instituto público interrumpieron la emisión para dar visibilidad a su protesta. No pudieron. Christian Gálvez (aquel presentador canallita que encontró a Dios y a Díaz Ayuso) no dejó pronunciarse a los huelguistas. “Ahora voy a hablar yo”, dijo cortando de raíz el conato de discurso, como si no llevara haciéndolo toda la tarde. Pasó entonces a reivindicarse diciendo que él empezó a estudiar magisterio, pero que le llegó una oportunidad en la tele y no terminó la carrera. Que hay trenes que solo pasan una vez en la vida. Yo lo estaba viendo alucinado, preguntándome por qué tuvo Christian que coger ese tren. Deseando incluso que alguien retomara el debate sobre la hora correcta de ducharse y pusiera fin a ese bochorno. Nunca me ha hecho tanta ilusión una pausa publicitaria.
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