A favor de Amenábar… y de Cervantes
Esta es una historia inédita que es propia del cineasta. No se la escribió el autor
Cuando Alejandro Amenábar salía en volandas de los aplausos, al final del estreno de El cautivo, había en su semblante, incluso en su boca, en todo su cuerpo, quizá, como un escalofrío. Lo primero, los ojos. Parecía que Amenábar estaba poseído por el porvenir de la noche, de los días que vendrían después de una exhibición tan potente de cine e historia como aquella que entregaba por primera vez a los que juzgarían los resultados de su esfuerzo.
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