La esperanza del árbol pequeño
El dolor a veces nos hace egoístas y nos sentimos superiores frente a quienes no han vivido el trauma
En estos días tengo miedo de encender el televisor. Me salto páginas del periódico y, cuando agarro el móvil, evito el Discover que desliza mis pulgares desde la ley de bienestar animal al modelo rojo que luce, en una boda aristocrática, la novia de un presunto delincuente blanqueado por la prensa y el glamur. No sé cómo comportarme ante el horror. Pienso en: la repugnante jerarquización de las víctimas, la propaganda de guerra, la impunidad de unos frente a otros, Hollywood, la atónita expresión de una compañera estadounidense que, durante los atentados del 11-S, entra en mi despacho de la universidad: “¿Por qué nos odian?”. El dolor a veces nos hace egoístas y nos sentimos superiores frente a quienes no han vivido el trauma. Lo saben las personas que padecen las secuelas del síndrome del aceite tóxico de colza, las que han sufrido picana. Supervivientes de campos de concentración.
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