La fiesta latina de los 15 años empieza a contagiar a las madrileñas: vestirse de princesas y bailar un vals
Importada por la población migrante, la celebración causa furor entre las adolescentes mientras mueve cada vez más dinero
No importa el calor. Tampoco las miradas de unos turistas que, extrañados, se preguntan qué hace una adolescente vestida de princesa en mitad del parque de El Retiro. Los padres, orgullosos, observan a la joven posar ante un fotógrafo contratado para la ocasión. Todo debe ser perfecto. O, al menos, parecerlo. Ellos, de traje y corbata; ellas, con largos vestidos. La protagonista brilla con luz propia, casi literalmente, gracias a la abundante brillantina. Padre y hermanos actúan como convidados de piedra, mientras madre y hermana dan indicaciones al esforzado fotógrafo, que trata de que el calor, bajo un sol de justicia, no arruine todo el trabajo.
Una fiesta milenaria
La tradición hunde sus raíces en culturas prehispánicas como la mexicana y otras civilizaciones mesoamericanas y fue reinterpretada por el catolicismo durante la colonización. Con el tiempo, se añadieron misas, rosarios y ritos cristianos que simbolizan el paso de niña a mujer. Aunque el fondo común se mantiene, los rituales varían según el país. En México, por ejemplo, la ceremonia empieza con una misa de acción de gracias y continúa con el cambio de zapatillas por tacones, el uso de una corona y la entrega de la última muñeca como símbolo del fin de la infancia. En Cuba, se baila un vals con el padre y otras 14 parejas, se apagan 14 velas y se entregan 14 rosas.
En Colombia, Perú y Venezuela los rituales incluyen misa, cambio de calzado, entrega de velas a personas significativas, coreografías con música tropical y un brindis con el padre. En Honduras y Paraguay se suman la entrada solemne, la entrega de una muñeca, un ramo y una corona y en ocasiones una coreografía grupal. En Argentina y Uruguay predominan los elementos europeos, como el vals familiar y la entrega de 15 velas o rosas. Y en Ecuador se añade un detalle singular: el reparto de ligas entre amigas solteras, como en las bodas. Pese a las diferencias, el esfuerzo es común: muchas familias ahorran durante meses o años para costear esta celebración o al menos para pagar una sesión de fotos como recuerdo de vida.
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