La semana de adaptación
No hay adaptación sin conciliación. Así que sería una buena idea exportar esta práctica de la educación infantil a los entornos laborales
Después de semanas en chanclas, a mis pies les cuesta adaptarse al abrigo del zapato. Mis hombros no soportan el peso de las camisas. He vuelto a Madrid con las rutinas deshilachadas, el ritmo desfondado, y me cuesta encajar en una rutina que me resulta ajena. Es como probarse el jersey de otra persona: me queda pequeño, me pica y tiene un olor raro que no termino de identificar. Yo, que ya me había acostumbrado al aperitivo de media mañana, lo tengo que cambiar ahora por el café. El chapuzón de primera hora por los viajes en metro. Los castillos de arena por castillos de naipes.
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