Por qué el alpinismo nunca será un deporte
En plena celebración de los Juegos, la muerte de Kazuya Hiraide y Kenro Nakajima en el K 2 ilumina la esencia salvaje de una actividad en la que los errores se pagan con la vida
Mientras se celebran los Juegos de París, el alpinismo abraza con timidez los preceptos del alto rendimiento, pretende imitar al deporte, pero la muerte de sus actores recuerda con terca brusquedad que escalar montañas remotas es un gesto salvaje, sin reglas, árbitros ni público. No es un deporte, y puede que nunca lo sea. El mundo puede estos días contemplar en directo o en bucle el llanto de hombres y mujeres que no alcanzan sus sueños de medalla. En cambio, nadie asiste al fracaso de un alpinista, no hay cámara que capte el momento terrible de un accidente, de un desfondamiento, de una avalancha que determine que el juego ha terminado y que la muerte impedirá una repesca. Este verano el K2 ha tenido pinta de estadio olímpico. Por un lado, nadie había escalado la segunda montaña más elevada del planeta (8.611 m) tan rápido: 11 horas invirtió el mago francés Benjamin Védrines desde el campo base por la misma ruta desde la que se conquistó su tremenda cima en 1954. A diferencia de los pioneros Lacedelli y Compagnoni, Védrines es una máquina entrenada con la severidad de un ciclista. Allí donde todos experimentan la agonía de la hipoxia y temen los peligros objetivos (caída de rocas, de masas de hielo…) Védrines vuela vestido como para darse un paseo por el Mont Blanc. Podría llevar un dorsal y a nadie le extrañaría.
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