¡Qué difícil es ser de izquierdas!
Al perfecto progresista se le exige mucho: salvar el mundo, ducharse poco, huir del trabajo, ser pobre, evitar el iPhone y las gambas. Mucho esfuerzo para que luego sus representantes no se aclaren ni cuando viene el fascismo

Qué lío es ser de izquierdas. Hay que preocuparse por el fin del mundo, por el calentamiento global, por si la IA nos asesina, por si los empresarios explotan y los propietarios desahucian, por la sanidad y la educación, y la gente hace reuniones, panfletos, asambleas, pintadas, manifestaciones (qué ajetreo activista hay últimamente) y la policía carga contra los estudiantes como perros de presa y hay que acampar en la calle y comer bocatas y mucho hummus —porque todo el mundo dona hummus—, y se acerca el invierno. Pero luego la izquierda —me refiero a la izquierda política— no se pone de acuerdo ni al grito de la alerta antifascista.
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